La metodología debería estar al servicio de lo que queremos provocar en el aprendizaje, no al revés. Un proyecto puede ser fantástico si nace de una pregunta real y permite investigar; un taller puede resolver muy bien una experiencia concreta; un rincón puede favorecer autonomía; y una actividad gráfica puntual puede tener sentido. El problema aparece cuando usamos una etiqueta metodológica como receta. Más que preguntarnos “qué metodología soy”, puede ser útil preguntarnos “qué necesita este grupo y para qué quiero hacer esto”. ¿Qué combinaciones os están funcionando este curso?